Alberto Torres, Tegucigalpa 2011
Narcicismo Cegador
Viaje a la ciudad del sacramento.
Por el sendero de la providencia, que me guiaba.
Viaje por aquel rumbo, buscando a mi alma par.
Aquella, con la que construiría mi vida.
Porque en la luminosa ciudad no la encontraba,
Dado que mí carácter era tosco y engreído,
y nadie se fiaba de la verosímilidad de mis sentimientos.
Viaje conducido por la providencia.
A la que había consultado su paradero.
Me habían dicho, que en la ciudad del sacramento estaba.
Y que el sendero de la providencia habría yo, de seguir.
Me dispuse, así, a seguir ese camino,
Con sus ásperas peñas y pegajosos légamos.
Dispuesto a no claudicar en mi travesía,
La había iniciado con estoico entusiasmo.
Y cuanto más penetraba aquel difícil camino,
más la duda embargaba mi mente, desconfiante.
Y me detenía, y preguntaba a la providencia:
- ¿Encontraré a mi alma par?
Y muy fríamente, sin certeza alguna aparente,
la providencia me respondía con voz de trueno:
- Sigue el camino a la ciudad del sacramento.
Y así continuaba andando, hasta que la duda;
¡Maldita traicionera del viajante! Acudía de nuevo.
Y su persuasión tomaba control de mi mente.
Y otra vez, exclamaba a la providencia por mi anhelada alma par.
- Sigue, vas en el camino correcto. Me decía.
Fuerza, poca me quedaba, pero el anhelo;
Me empujaba por ese pedregoso sendero,
Y la duda, no dejaba de acudir a mi mente.
Así, milla tras milla me detenía yo,
A preguntar dudoso a la providencia
Recibiendo siempre el mismo frió sermón:
- Sigue…
Así fue, hasta que divisé las puertas de la ciudad.
Y el ímpetu me dio fuerzas extraordinarias,
Para empujar sus inmensas puertas de roble.
Mas, grande fue mi sorpresa, cuando dentro,
Encontré mil espejos que se enfocaban en mi.
Y mi rostro solamente contemplaba yo,
con la aspereza de mi semblante, y mi quebrantada esperanza.
Y grite furioso a la providencia por mi alma par.
Y esta, se limito a decirme aun fría e indiferente:
- Esta frente a ti.
Sus palabras me parecieron inicuas, y la Duda;
Hacia lisonja de su aparente razón.
Y la rabia que de mi tomo posesión.
Ante la porfía acción de mi viaje, minimizada,
buscando a mi antípoda alma par, la cual yo,
no veía, sino más que mil espejos
que mi quebranto reflejaban ante mis ojos.
Y me contemple así, durante una década.
Al comienzo de la cual blasfemé contra la providencia,
por no llevarme a mi anhelada alma par.
Duró, pues, una década mi sufrimiento.
Al final de las cuales me queje de mi egoísmo e ingenuidad.
Y vertía yo, lágrimas de ácidos recuerdos, y la lasitud de mi corazón se acrecentaba.
Y me punzaba el alma la esperanza destrozada.
Me lleve las manos al rostro, y repudie mi narcisismo y egolatría.
Que en la luminosa ciudad no me permitiera encontrar mi alma par.
Y como si mis ojos se hubiesen recién abierto,
vi que en el medio del salón de los mil espejos,
Había un cadalso, y sobre este yacía, dormida,
una doncella con un vestido de raso.
Que durante toda mi travesía había aguardado,
A ser descubierta, esplendida.
•FIN•