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Soliloquio Malsano.
Alberto Galindo Torres. Tegucigalpa, 2013.

Un murmuro vacio…

¿Qué escuchas?

Una voz cálida a la lejanía.

¿Qué dice?

Entenderle no puedo.

Aguza el oído.

Aún me es su voz desconocida.

¿Una lengua extranjera?

Más bien palabras inentendibles.

¿Serán buenos deseos?

Ó quizá malos conjuros.

No le oigas más entonces.

Dejarle de oír no puedo.

Vamos al otro lado de la colina.

Hasta allá me seguirá.

Huyamos a los desiertos del sur.

Incluso ahí le escucharía.

Crucemos el océano.

Nada puede hacerse.

¿Y si te costase la vida?

Sería mi destino.

¡La angustia me mata!

No temas.

Pero es inevitable.

Aprenderé a vivir así.

Será muy difícil.

Te tengo a ti.

Ya no existo yo…

Existes.

Te tomarán todos por loco.

Mi insania es su tormento.

¿Su tormento?

Es una realidad que no pueden comprender.

Una realidad muy tuya.

…Mi realidad…

¿Paró ya el murmullo?

Se detendrá.

¿Cuándo?

Cuando al fin podamos escucharlo juntos.

Canto de un despechado

Canto de un despechado

Alberto Galindo, Tegucigalpa 2011


¡Oh Elena! No habiame siquiera imaginado,
Que tu desdicha a mi lado fuera tal,
Que una carta, con tu llanto escrito me mandaste.
Aborreciéndome cual si fuera un déspota.

 

No fuesen vuestras tardes tan románticas.
Que tu desagrado, yo me he ganado.
O acaso fui yo, un vil zalamero;
Y tu desprecio me seria justificado.

 

Elena, vuestra historia era el albor de mi alegría.
Ya mi existencia giraba en torno tuyo.
Más, las aspereza de esta carta recibida.
Dio paso al mustio, que me hundiese en la amargura.

 

Ahora la nostalgia me ahoga ¡Vil traicionera!
Vuestros gratos recuerdos, punzadas ponzoñosas son.
Acaso fuere yo, un romántico empedernido.
Para dejarme morir en tu recuerdo.


Narcicismo Cegador

Alberto Torres, Tegucigalpa 2011

 Narcicismo Cegador

Viaje a la ciudad del sacramento.
Por el sendero de la providencia, que me guiaba.
Viaje por aquel rumbo, buscando a mi alma par.
Aquella, con la que construiría mi vida.
Porque en la luminosa ciudad no la encontraba,
Dado que mí carácter era tosco y engreído,
y nadie se fiaba de la verosímilidad de mis sentimientos.

Viaje conducido por la providencia.
A la que había consultado su paradero.
Me habían dicho, que en la ciudad del sacramento estaba.
Y que el sendero de la providencia habría yo, de seguir.
Me dispuse, así, a seguir ese camino,
Con sus ásperas peñas y pegajosos légamos.
Dispuesto a no claudicar en mi travesía,
La había iniciado con estoico entusiasmo.

Y cuanto más penetraba aquel difícil camino,
más la duda embargaba mi mente, desconfiante.
Y me detenía, y preguntaba a la providencia:
- ¿Encontraré a mi alma par?
Y muy fríamente, sin certeza alguna aparente,
la providencia me respondía con voz de trueno:
- Sigue el camino a la ciudad del sacramento.
Y así continuaba andando, hasta que la duda;
¡Maldita traicionera del viajante! Acudía de nuevo.
Y su persuasión tomaba control de mi mente.
Y otra vez, exclamaba a la providencia por mi anhelada alma par.
- Sigue, vas en el camino correcto. Me decía.
Fuerza, poca me quedaba, pero el anhelo;
Me empujaba por ese pedregoso sendero,
Y la duda, no dejaba de acudir a mi mente.

Así, milla tras milla me detenía yo,
A preguntar dudoso a la providencia
Recibiendo siempre el mismo frió sermón:
- Sigue…
Así fue, hasta que divisé las puertas de la ciudad.
Y el ímpetu me dio fuerzas extraordinarias,
Para empujar sus inmensas puertas de roble.
Mas, grande fue mi sorpresa, cuando dentro,
Encontré mil espejos que se enfocaban en mi.
Y mi rostro solamente contemplaba yo,
con la aspereza de mi semblante, y mi quebrantada esperanza.
Y grite furioso a la providencia por mi alma par.
Y esta, se limito a decirme aun fría e indiferente:
- Esta frente a ti.
Sus palabras me parecieron inicuas, y la Duda;
Hacia lisonja de su aparente razón.
Y la rabia que de mi tomo posesión.
Ante la porfía acción de mi viaje, minimizada,
buscando a mi antípoda alma par, la cual yo,
no veía, sino más que mil espejos
que mi quebranto reflejaban ante mis ojos.

Y me contemple así, durante una década.
Al comienzo de la cual blasfemé contra la providencia,
por no llevarme a mi anhelada alma par.
Duró, pues, una década mi sufrimiento.
Al final de las cuales me queje de mi egoísmo e ingenuidad.
Y vertía yo, lágrimas de ácidos recuerdos, y la lasitud de mi corazón se acrecentaba.
Y me punzaba el alma la esperanza destrozada.
Me lleve las manos al rostro, y repudie mi narcisismo y egolatría.
Que en la luminosa ciudad no me permitiera encontrar mi alma par.
Y como si mis ojos se hubiesen recién abierto,
vi que en el medio del salón de los mil espejos,
Había un cadalso, y sobre este yacía, dormida,
una doncella con un vestido de raso.
Que durante toda mi travesía había aguardado,
A ser descubierta, esplendida.

                                           •FIN•

Confesión de un Parricida

Confesión de un  Parricida.

Alberto Galindo Torres Tegucigalpa 2011

                                                             •

Sabía yo, que no podía desembarazarme de aquella relación. Las faltas de mi padre y sus ofensas trataban de convencerme empecinadamente sobre lo contrario. Mucho intenté no quererlo, empero, tan indispensable era para mí, tan dependiente era yo de sus aprobaciones, que nunca logré el objetivo que mi lógica razón me dictaba: Odiarle.

Busqué pues, cualquier apoyo paternal, cualquier señal hubiese sido precisa. Pudo darme una palmada en lugar de repetidos golpes acompañados de injurias.

Y digo que tal era mi impulso a crear una unidad, tal era mi obsesión por agradarle. Que perdoné todas esas ofensas. Y le busqué más.

Su carácter no era digno de admirar. Era alcohólico, drogadicto, violento, injurioso y hasta libertino. Pero incluso con esas manchas de las cuales era menester expurgarse, lo seguía amando.

Y fue entonces que me di cuenta, y supe, que aquella mujer con la que le vi llegar esta noche al motel al que lo seguí no era mi madre. Y tampoco era amiga suya, pues sus besos y caricias se interpretaban como un mero acto lúbrico.

El alcanzó a verme, cuando yo me puse en pie, atónito, y las lágrimas inundaban mis mejillas. El me vio y esgrimió una maniaca sonrisa, casi diabólica, que expolió de mi todo sentimiento de afecto hacia él. Y no le basto con propinarme semejante puñalada al ánima, la que yo estoicamente intente resistir, en vano. Y con sátira desdeñosa profirió con odio:

- Ahora sabes, lo que significan para mí.

Y mi afecto, ya derrumbado, lo tomaron las aves de rapiña que jugaron con el por los aires y le desgarraron, dejándolo caer frente a mí. Y al contemplar parte de mi ser, en lo profundo de la tierra, hundiéndose hasta donde me sería posible describir, sentí la fiebre que tomaba posesión de mi. A la fiebre la identifiqué como odio; furor. Ante tales sentimientos yo no pude contenerme. Y aquel arrebato colérico controló mis ulteriores acciones.

Es así, como ahora que escribo mi breve historia, sobre la accidentada intentona de acercamiento paternal. Veo a la morena absurda que le acompañaba, maniatada a mi lado, esperando, el mismo destino que mi padre. Al que confieso, asesine en mi ataque de furor y ahora yace en la bañera de este lúgubre motel, empero, una sonrisa ahora se me dibuja en el rostro. Malsana, pero reconforta mi alma apuñalada.

                                                     Fin

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